
José Antonio López-Palacios Villaverde
Responsable de Medio Ambiente de Izquierda Unida de Guadalajara
Aunque pueda parecernos mentira, en el “asunto” del cementerio nuclear, no todo estaba tan claro como a primera vista cabría suponer. No se trataba de solidaridad, ni de buscar un lugar seguro (ninguno lo es) donde albergar por cientos de años los residuos peligrosos de las centrales nucleares españolas. Ni siquiera era una decisión política responsable, a través de la cual se podrían reactivar tal vez, alguna de las “zonas deprimidas” que tanto parecen preocupar (justo ahora) a los gobernantes de turno de nuestro país. No, no era eso.
Era sin duda una cuestión mucho más prosaica. Se trataba “sólo” de conseguir una buena cantidad de dinero. La codicia de los integrantes de la AMAC les hizo echar un pulso al Gobierno: “O ponéis mas pasta sobre la mesa (de negociación), o no hay nada que hacer”. Debió de ser algo así como lo de Fuenteovejuna, pero a lo bestia. O nos dais más dinero, o no nos presentamos al maldito “concurso”. El órdago, por lo que ahora sabemos, se perpetró en julio de 2009 y el Gobierno, acosado de un lado por los pro nucleares, y de otro por el coste de los residuos que “nos guardan” en Francia, con la crisis que no para, y otros varios frentes abiertos al mismo tiempo pues... cedió.
8,25 millones de euros más cada año parecen ser suficientes para satisfacer la codicia de algunos alcaldes. Para el de Yebra debió suponer el impulso definitivo que necesitaba para enfrentarse a la mitad de sus vecinos y a todas las instituciones locales, provinciales y regionales, que le pedíamos se abstuviera de participar en el “concurso”. Me lo imagino sentado en su despacho de la Casa Consistorial, abstraído en la lectura de las actas de la AMAC y meditando junto a Quevedo aquello del “ande yo caliente y ríase (o jódase) la gente”. Convencido de poder pasar a la historia de su pueblo como el Gran Timonel capaz de sacar a sus vecinos del subdesarrollo económico ancestral que padecían. Él sería el artífice del milagro, el Gran Benefactor al que le pondrían placas y bustos y estatuas en su pueblo. El alcalde de Yebra se había convertido, de la noche a la mañana, en el alumno aventajado de Bokanovsky; en el gran impulsor de su conocido método: “Hay que lograr que la gente ame su inevitable destino social”. Los bisnietos de los nietos de los bisnietos de los tataranietos del actual alcalde de Yebra aún tendrán que recordarle. Él lo consiguió. En su pueblo se instaló el cementerio nuclear de España entera, y a partir de entonces todos han sido felices y han estado comiendo perdices sin parar...
Pero es que hay que ver cómo es la gente (en general). Es que no se conforman con nada. Venga marchas hasta Guadalajara, venga manifestaciones por aquí y por allá, venga recogida de firmas, venga programas de radio y de televisión, venga proclamas y manifiestos, venga encierros y velatorios...
Y es que la gente lo tuvimos claro desde el principio: No queremos un cementerio nuclear en estas tierras, no queremos hipotecar negativamente el futuro de nuestros descendientes, no queremos someternos a la política de hechos consumados, al “qué le vamos a hacer”, al “no queda más remedio”, al “en algún sitio habrá que ponerlo”, al “no será tan malo si otros lo tienen”, en definitiva, no queremos ser partícipes del chantaje nuclear.
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